Biología, Filosofía y Teología en diálogo (5)
Teología de la Creación y Ciencia (1)
CAPÍTULO 1: Teología de la Creación y Ciencia
En
las últimas décadas han aparecido diversas obras y artículos de naturaleza
teológica que intentan poner bajo la iluminación del conocimiento que la
ciencia nos ofrece del mundo al pensamiento teológico. Esto es así pero,
realmente ¿qué validez tiene esta pretensión? ¿Tienen las ciencias naturales
algo que decir al pensamiento religioso?
La
teología cristiana nació y se desarrolló de la mano del conocimiento filosófico
de su época y en ningún caso lo hizo desligado de la cosmovisión del mundo
predominante en ella. Sin embargo, el nacimiento de la física moderna y la
naciente ilustración parece que condenaba a la teología a ser sustituida por la
ciencia y a Dios a ser desterrado de las conciencias humanas. El mundo mecánico
que la física de Newton nos permitía conocer y la filosofía de Descartes
fundamentar, nos llevó en un primer momento a pensar en un Dios que, si bien es
origen del universo, queda convertido en una realidad externa y ajena al
funcionamiento del mismo; y, en un segundo momento, este Dios se hizo tan ajeno
que dejo de ser necesario. El primer paso recibe el nombre de deísmo, el
segundo es el ateísmo. No es este el lugar de exponer el camino que llevo en
primer lugar al deísmo como paso previo al ateísmo pero recomiendo la lectura
de maestros como Barbour
Desde
entonces, la ciencia ha evolucionado mucho y el mundo ya no es ese lugar
mecánico que puede ser absolutamente descrito y predicho. La física del siglo
XX y el desarrollo de las ciencias biológicas nos abren la puerta a un universo
donde el azar y la probabilidad forman parte intrínseca del mismo. Puede que el
lector esté pesando ¿pretendes decir que la ciencia actual devuelve a Dios el
papel que perdió a lo largo de la ilustración? No, no es eso lo que pretendo
decir; sin embargo, si bien la ciencia no puede demostrar la existencia de Dios
pero tampoco lo expulsa de nuestro pensamiento y nos abre la puerta a poder
seguir pensando en Él.
El
ya mencionado Barbour propone cuatro modelos de relación entre ciencia y
religión. El primer modelo viene determinado por el conflicto y la
incompatibilidad entre ambas. Este modelo está todavía presente en ciertos
círculos científicos –sobre todo entre una gran parte de los divulgadores
científicos- y en círculos fundamentalistas religiosos. Obviamente, para muchos
creyentes esta es una opción que no se mantiene porque se entiende que estamos
ante tipo de conocimiento diferentes, con metodología y aspectos de estudio muy
diferentes. De esta manera podemos entender muy bien el segundo modelo de
relación: la independencia. Este modelo es del agrado de muchos teólogos,
pastores y creyentes. Supera el enfrentamiento y no nos hace pensar mucho más.
Por un lado está lo que la ciencia nos cuenta sobre su parcela del mundo y, por
otro, está lo que conocemos de Dios gracias a la revelación y la fe, que no
invade la parcela científica pero tampoco se deja invadir por esta. Este modelo
de relación es cómodo, manejable, fácil de ser interiorizado en el día a día.
Durante muchos años he sido profesor de religión en secundaria y bachillerato y
la mínima presencia que tiene la relación entre fe y ciencia se reduce a hablar
de la independencia de ambos magisterios y. por supuesto, la necesidad que
tiene el científico de ética y cómo la religión juega un papel muy importante
en el desarrollo de esta ética. Sin embargo, tercer y cuarto modelo de relación
de Barbour, se puede ir más allá y puede haber una interacción de tal manera
que la visión del mundo que nos ofrece la ciencia pueda iluminar la reflexión
teológica. Eso es lo que están haciendo un buen número de teólogos, muchos de
ellos con la doble formación científica y teológica, que están convencidos de
que profundizar en la comprensión del mundo nos permite reformular modelos
teológicos que nos ayuden a profundizar en una nueva teología de la creación y
en la comprensión de Dios y su acción creadora. En esta línea, con humildad, me
sitúo yo al escribir este libro y pretendo poner mi pequeño granito al pensar
cómo la reflexión filosófica sobre la biología nos puede ayudar a formular un
modelo que nos ayude a entender un poco más la acción creadora de Dios.
Otra
idea importante que nos enseña Barbour, y que es necesario tener en cuenta
antes de abordar cualquier tarea de renovación y reformulación teológica, es la
necesidad que tenemos de utilizar modelos para intentar comprender la realidad
que tratamos de describir. El uso de modelos es algo que en ciencias está muy asumido
y normalizado, aunque muchas veces se nos olvida que estamos manejándolos. Una
pregunta pertinente es la pregunta por el conocimiento de la realidad, si
conocemos la realidad tal y como es, o no. Es una pregunta demasiado compleja
como para desarrollarla en estos párrafos introductorios e un capítulo dedicado
a otro tema. Muchas veces, sobre todo los profanos en la materia, tenemos una
fe ciega en que la ciencia nos explica el mundo tal y como es; que su realidad
viene dada de manera objetiva por nuestros estudios. Esto es así, pero sólo
hasta cierto punto. En ciencia estamos acostumbrados a utilizar modelos que
simplifican la realidad y nos permiten estudiarla y explicarla de manera
parcial aunque tengamos pretensiones de explicarla de manera completa. Voy a
poner dos ejemplos muy sencillos que nos ayudarán a comprender esto.
Durante
tres años estuve estudiando, experimentalmente, el funcionamiento de diversas
enzimas. Un enzima es una proteína que actúa como catalizador en una reacción
bioquímica permitiendo que la velocidad de esa reacción transcurra de manera
suficientemente rápida como para permitir que una célula tenga un metabolismo
que sustente la vida. Cuando estudias el funcionamiento de este enzima, lo
haces en un entornos controlado; un tubo de ensayo donde pones aquellas
sustancias necesarias para que tenga lugar la reacción. ¿Es real el
funcionamiento descrito para el enzima? Evidentemente sí, además si esto lo
haces con todas las reacciones químicas que forman parte de una ruta metabólica,
entiendes como transcurre esta vía. El problema es que en la realidad estas
reacciones nunca tienen lugar en tubos de ensayo con medios tan simplificados
sino que la célula constituye un gran tubo de ensayo donde simultáneamente
tienen lugar miles de reacciones bioquímicas. Sin embargo, parte del éxito de
la ciencia se debe a esta simplificación que nos permite controlar las
variables en estudio y las condiciones en que transcurren los experimentos, de
tal modo que nos ayudan a conocer cómo funciona cada reacción de manera aislada
permitiéndonos desentrañar cómo funciona nuestra bioquímica.
Otro
ejemplo es el uso de modelos. Todo estudiante que termina la ESO ha estudiado,
como mínimo, el modelo atómico y su evolución y la teoría cinética de la
materia. En ambos casos se nos ofrece una explicación de la realidad mediante
un modelo explicativo que permite entenderla. ¿Son estos modelos reales? Pues sí
y no. El modelo atómico ha intentado explicar cómo son los átomos y cómo la
materia está formada por estos átomos. El átomo tal y como lo explicó Dalton,
hace tiempo que está superado, pero en su momento aportó mayor comprensión de
la materia de la que existía y ayudó al avance de nuestro conocimiento de la
realidad. Varios modelos atómicos después, poseemos uno que seguro se acerca
más a lo que realmente es aunque posiblemente no recoja toda la realidad. Por
eso, podría verse superado en un momento posterior sin que por ello haya sido
un fracaso. De hecho, los modelos han contribuido a la formulación, comprensión,
extensión y modificación de las teorías científicas.
Esto
que ocurre con la ciencia y a lo que estamos acostumbrados, ocurre también con
la teología. Teniendo en cuenta que su naturaleza es todavía más compleja que
la del saber científico, no podemos pretender explicarlo todo con una única y
definitiva teoría sino que tenemos que
conformarnos con diferentes modelos que no pueden aspirar a corresponder de
manera exacta y exhaustiva con la realidad
La
mayoría de modelos teológicos se formularon de la mano de una visión del mundo
diferente a la que nos ofrece la ciencia actual. Eso no quiere decir que esos
modelos y la reflexión teológica realizada a partir de ellos sea inservible,
pero parece razonable pensar que las posibilidades que nos ofrece la ciencia
actual nos permite actualizar, profundizar y hacer más inteligible a Dios para
el ser humano. Esta es la labor que están realizando los teólogos-científicos a
los que nos estamos refiriendo. Su propuesta no es uniforme y única pero
podemos decir que, en general, defienden una propuesta que explique la relación
con el mundo creado: un mundo dinámico y en evolución, un mundo que con el tiempo
aparecen diferentes niveles de complejidad y novedad ontológica y casual. Esta
última frase puede resultar compleja de entender pero, en los próximos
capítulos iremos desarrollando y aclarando esta idea.
En
los próximos epígrafes intentaremos encontrar los rasgos comunes a estas
propuestas variadas y las líneas abiertas que nos dejan un vasto campo para
seguir reflexionando. Aunque no todos los autores se pueden englobar dentro de
un modelo común, hablaremos en general del modelo panenteísta como nuestro modelo de referencia.
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