Biología, Filosofía y Teología en diálogo (5)

 Teología de la Creación y Ciencia (1)


CAPÍTULO 1: Teología de la Creación y Ciencia

En las últimas décadas han aparecido diversas obras y artículos de naturaleza teológica que intentan poner bajo la iluminación del conocimiento que la ciencia nos ofrece del mundo al pensamiento teológico. Esto es así pero, realmente ¿qué validez tiene esta pretensión? ¿Tienen las ciencias naturales algo que decir al pensamiento religioso?

La teología cristiana nació y se desarrolló de la mano del conocimiento filosófico de su época y en ningún caso lo hizo desligado de la cosmovisión del mundo predominante en ella. Sin embargo, el nacimiento de la física moderna y la naciente ilustración parece que condenaba a la teología a ser sustituida por la ciencia y a Dios a ser desterrado de las conciencias humanas. El mundo mecánico que la física de Newton nos permitía conocer y la filosofía de Descartes fundamentar, nos llevó en un primer momento a pensar en un Dios que, si bien es origen del universo, queda convertido en una realidad externa y ajena al funcionamiento del mismo; y, en un segundo momento, este Dios se hizo tan ajeno que dejo de ser necesario. El primer paso recibe el nombre de deísmo, el segundo es el ateísmo. No es este el lugar de exponer el camino que llevo en primer lugar al deísmo como paso previo al ateísmo pero recomiendo la lectura de maestros como Barbour (2004) que lo explica magníficamente.

Desde entonces, la ciencia ha evolucionado mucho y el mundo ya no es ese lugar mecánico que puede ser absolutamente descrito y predicho. La física del siglo XX y el desarrollo de las ciencias biológicas nos abren la puerta a un universo donde el azar y la probabilidad forman parte intrínseca del mismo. Puede que el lector esté pesando ¿pretendes decir que la ciencia actual devuelve a Dios el papel que perdió a lo largo de la ilustración? No, no es eso lo que pretendo decir; sin embargo, si bien la ciencia no puede demostrar la existencia de Dios pero tampoco lo expulsa de nuestro pensamiento y nos abre la puerta a poder seguir pensando en Él.

El ya mencionado Barbour propone cuatro modelos de relación entre ciencia y religión. El primer modelo viene determinado por el conflicto y la incompatibilidad entre ambas. Este modelo está todavía presente en ciertos círculos científicos –sobre todo entre una gran parte de los divulgadores científicos- y en círculos fundamentalistas religiosos. Obviamente, para muchos creyentes esta es una opción que no se mantiene porque se entiende que estamos ante tipo de conocimiento diferentes, con metodología y aspectos de estudio muy diferentes. De esta manera podemos entender muy bien el segundo modelo de relación: la independencia. Este modelo es del agrado de muchos teólogos, pastores y creyentes. Supera el enfrentamiento y no nos hace pensar mucho más. Por un lado está lo que la ciencia nos cuenta sobre su parcela del mundo y, por otro, está lo que conocemos de Dios gracias a la revelación y la fe, que no invade la parcela científica pero tampoco se deja invadir por esta. Este modelo de relación es cómodo, manejable, fácil de ser interiorizado en el día a día. Durante muchos años he sido profesor de religión en secundaria y bachillerato y la mínima presencia que tiene la relación entre fe y ciencia se reduce a hablar de la independencia de ambos magisterios y. por supuesto, la necesidad que tiene el científico de ética y cómo la religión juega un papel muy importante en el desarrollo de esta ética. Sin embargo, tercer y cuarto modelo de relación de Barbour, se puede ir más allá y puede haber una interacción de tal manera que la visión del mundo que nos ofrece la ciencia pueda iluminar la reflexión teológica. Eso es lo que están haciendo un buen número de teólogos, muchos de ellos con la doble formación científica y teológica, que están convencidos de que profundizar en la comprensión del mundo nos permite reformular modelos teológicos que nos ayuden a profundizar en una nueva teología de la creación y en la comprensión de Dios y su acción creadora. En esta línea, con humildad, me sitúo yo al escribir este libro y pretendo poner mi pequeño granito al pensar cómo la reflexión filosófica sobre la biología nos puede ayudar a formular un modelo que nos ayude a entender un poco más la acción creadora de Dios.

Otra idea importante que nos enseña Barbour, y que es necesario tener en cuenta antes de abordar cualquier tarea de renovación y reformulación teológica, es la necesidad que tenemos de utilizar modelos para intentar comprender la realidad que tratamos de describir. El uso de modelos es algo que en ciencias está muy asumido y normalizado, aunque muchas veces se nos olvida que estamos manejándolos. Una pregunta pertinente es la pregunta por el conocimiento de la realidad, si conocemos la realidad tal y como es, o no. Es una pregunta demasiado compleja como para desarrollarla en estos párrafos introductorios e un capítulo dedicado a otro tema. Muchas veces, sobre todo los profanos en la materia, tenemos una fe ciega en que la ciencia nos explica el mundo tal y como es; que su realidad viene dada de manera objetiva por nuestros estudios. Esto es así, pero sólo hasta cierto punto. En ciencia estamos acostumbrados a utilizar modelos que simplifican la realidad y nos permiten estudiarla y explicarla de manera parcial aunque tengamos pretensiones de explicarla de manera completa. Voy a poner dos ejemplos muy sencillos que nos ayudarán a comprender esto.

Durante tres años estuve estudiando, experimentalmente, el funcionamiento de diversas enzimas. Un enzima es una proteína que actúa como catalizador en una reacción bioquímica permitiendo que la velocidad de esa reacción transcurra de manera suficientemente rápida como para permitir que una célula tenga un metabolismo que sustente la vida. Cuando estudias el funcionamiento de este enzima, lo haces en un entornos controlado; un tubo de ensayo donde pones aquellas sustancias necesarias para que tenga lugar la reacción. ¿Es real el funcionamiento descrito para el enzima? Evidentemente sí, además si esto lo haces con todas las reacciones químicas que forman parte de una ruta metabólica, entiendes como transcurre esta vía. El problema es que en la realidad estas reacciones nunca tienen lugar en tubos de ensayo con medios tan simplificados sino que la célula constituye un gran tubo de ensayo donde simultáneamente tienen lugar miles de reacciones bioquímicas. Sin embargo, parte del éxito de la ciencia se debe a esta simplificación que nos permite controlar las variables en estudio y las condiciones en que transcurren los experimentos, de tal modo que nos ayudan a conocer cómo funciona cada reacción de manera aislada permitiéndonos desentrañar cómo funciona nuestra bioquímica.

Otro ejemplo es el uso de modelos. Todo estudiante que termina la ESO ha estudiado, como mínimo, el modelo atómico y su evolución y la teoría cinética de la materia. En ambos casos se nos ofrece una explicación de la realidad mediante un modelo explicativo que permite entenderla. ¿Son estos modelos reales? Pues sí y no. El modelo atómico ha intentado explicar cómo son los átomos y cómo la materia está formada por estos átomos. El átomo tal y como lo explicó Dalton, hace tiempo que está superado, pero en su momento aportó mayor comprensión de la materia de la que existía y ayudó al avance de nuestro conocimiento de la realidad. Varios modelos atómicos después, poseemos uno que seguro se acerca más a lo que realmente es aunque posiblemente no recoja toda la realidad. Por eso, podría verse superado en un momento posterior sin que por ello haya sido un fracaso. De hecho, los modelos han contribuido a la formulación, comprensión, extensión y modificación de las teorías científicas.

Esto que ocurre con la ciencia y a lo que estamos acostumbrados, ocurre también con la teología. Teniendo en cuenta que su naturaleza es todavía más compleja que la del saber científico, no podemos pretender explicarlo todo con una única y definitiva teoría  sino que tenemos que conformarnos con diferentes modelos que no pueden aspirar a corresponder de manera exacta y exhaustiva con la realidad (Polkinghorne, 2007). Pero, como conocemos de su uso en ciencias, este hecho no resta importancia al uso de modelos ya que gracias a ellos podemos profundizar en nuestra comprensión y conocimiento de la realidad. Del mismo modo, en el campo del pensamiento religioso se han utilizado multitud de modelos analógicos –permitidme hacer énfasis en la última palabra: analógico- que si bien son incapaces de comprender toda la realidad de Dios, nos han ayudado a profundizar en la experiencia religiosa del ser humano. Uno de estos modelos analógicos es el uso de la categoría “Padre” para referirnos a Dios.

La mayoría de modelos teológicos se formularon de la mano de una visión del mundo diferente a la que nos ofrece la ciencia actual. Eso no quiere decir que esos modelos y la reflexión teológica realizada a partir de ellos sea inservible, pero parece razonable pensar que las posibilidades que nos ofrece la ciencia actual nos permite actualizar, profundizar y hacer más inteligible a Dios para el ser humano. Esta es la labor que están realizando los teólogos-científicos a los que nos estamos refiriendo. Su propuesta no es uniforme y única pero podemos decir que, en general, defienden una propuesta que explique la relación con el mundo creado: un mundo dinámico y en evolución, un mundo que con el tiempo aparecen diferentes niveles de complejidad y novedad ontológica y casual. Esta última frase puede resultar compleja de entender pero, en los próximos capítulos iremos desarrollando y aclarando esta idea.

En los próximos epígrafes intentaremos encontrar los rasgos comunes a estas propuestas variadas y las líneas abiertas que nos dejan un vasto campo para seguir reflexionando. Aunque no todos los autores se pueden englobar dentro de un modelo común, hablaremos en general del modelo panenteísta como nuestro modelo de referencia.


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